
Cuerpo y Trauma
En el cuerpo es donde habita el trauma.
Puede parecer que está en nuestros recuerdos pero sobre todo vive anclado en la memoria somática del cuerpo.
¿Cómo?
Cuando hay una situación de peligro, real o imaginado, nuestro sistema nervioso autónomo se activa y pone en marcha las respuestas adaptativas de lucha, huida y/o congelamiento.
Pero, en muchas ocasiones, el miedo paraliza estas respuestas y no podemos expresar lo que nuestro cuerpo necesita en ese momento.
Miedo al peligro, miedo al propio congelamiento y miedo a la ira hacia nosotros y hacia otros que aparece cuando salimos de esa inmovilidad.
Entonces, toda esa energía que se ha movilizado para luchar, huir y/o congelarse, y que no ha podido tener salida, queda atrapada en el cuerpo.
Y así nace el trauma, siempre acompañado de sensaciones físicas incómodas que nos llevan a desconectarnos cada vez más de nuestro cuerpo y a vivir en bucles de pensamiento que no hacen si no revivir y aumentar el miedo a lo que sucedió.
Para salir de aquí, tenemos que empezar a tomar contacto de nuevo con nuestro cuerpo, poco a poco, dando espacio a las sensaciones físicas, regulándonos para mantener un estado de activación óptimo (ni hiperactivado, ni hipoactivado), sintiendo lo que surja a la vez que estamos presentes en el ahora (donde no hay peligro), dándonos cuenta de que ya no es necesario el miedo y así, nuestro sistema nervioso pondrá en marcha una serie de movimientos físicos y emocionales que serán la resolución del trauma, el drenaje de la energía de aquella respuesta que en el pasado quedó incompleta.
Al liberarse esa energía y finalizarse, por fin, la respuesta adapatativa que había quedado incompleta, surgirá un estado de serenidad, calma y confianza.
Los recuerdos de lo que sucedió permanecerán pero ya no estarán acompañados del malestar físico y emocional.
Los recuerdos ahora estarán asociados a la nueva experiencia de resiliencia, fuerza y poder interno, y desde ahí, empezar a construir un vínculo de apego seguro contigo mismo/a.
